martes, 26 de mayo de 2009

Primaria

Tras la muerte de mi abuelo…no tengo muchos recuerdos de lo que fue de mi vida o de lo que pasaba a mi alrededor, quizá no fue nada importante, o quizá mi cerebro se bloqueó por lo sucedido, o…no lo sé.
Recuerdo que estudiaba la primaria en el Instituto Valladolid, un colegio “marista” exclusivo para varones, o al menos el primer año fue así. Para segundo año se empezaron a aceptar mujeres.
Cuando estaba en primer año conocí a mis vecinos, tres hermanos de apellidos Hernández Knap (sé que no debería mencionar sus nombres, pero estoy seguro de que no se acuerdan de mí, y si lo hacen dudo que les importe ser mencionados en un espacio que casi nadie lee). Javier, Beto y Elsa: con Javier me llevé muy poco y a Elsa fue a la primera que conocí, es 1 ó 2 años mayor que yo, pero, Beto fue mi mejor amigo por mucho tiempo, era como su hermano menor, me llevaba a todos lados y me cuidaba de todo y de todos. Algo que hay que reconocerle es que no importaba que tuviera que hacer para sacarme una sonrisa del rostro, lo hacía. Años después se fue a un seminario, quería ser padre aunque nunca entendí de donde, era un caos total. En el seminario aprendió a tocar guitarra y afinó su voz, después intentó lanzarse de artista, pero no supe qué fin haya tenido.
Recuerdo que tenían un terreno junto a su casa en donde jugábamos fútbol todas las tardes, o todo el día en vacaciones y fines de semana. Esos son los recuerdos que tengo más presentes de mi infancia. Imagino que, mi cerebro bloquea momentos tristes, y sólo se queda con los alegres.
En segundo año, conocí a dos de mis mejores amigos de la infancia y gran parte de mi adolescencia: Jaime, quien dos años después se iría a vivir a Celaya, Guanajuato, y Carlos, “el Maza”. Éste cabrón llegó un día a mi casa sin avisar (éramos compañeros en la escuela) y, creo que nunca olvidaré sus palabras: “… ¿qué onda?, me voy a quedar aquí el fin de semana”. Después de eso, todo es confuso para mí, lo que sí puedo decir es que se volvió mi mejor amigo.
Mi primo Roberto, también apareció por esas fechas, pero como ese cabrón “se cose aparte”, pienso dedicar un post sólo para él.
En tercer año, me uní a la banda de guerra de la escuela. Era corneta. Creo que aún conservo una boquilla.
En cuarto de primaria Jaime se fue a Celaya. Le organicé una fiesta de despedida en la “Quinta Erika”, un terreno de mis tíos. Creo que todo el salón se invitó, o lo invitó mi mamá no estoy seguro, pero éramos muchos escuincles jugando fútbol como si fuera el último día de nuestras vidas. Estoy seguro de que se fue con un recuerdo agradable de Morelia.
Quinto año pasó…lo único que recuerdo de él es a mi maestro Félix. Un viejito canoso, cabrón y regañón. Supongo que algo tuvo que haber pasado pero, da igual.
En sexto de primaria tuve como maestro a un señor pelón de nombre Santiago algo, él se hacía llamar SAVA, supongo que son sus iníciales y que en ese momento tenía sentido para mi, o para él, hoy día no lo tiene, y no entiendo porqué lo hacía pero en fin. Era una persona a la que según él le gustaba mucho enseñar y él creía que había nacido para ser maestro; yo no lo creo así, yo creo que era lo único que podía hacer (sé que suena muy feo, pero en verdad fue una persona que nunca me agradó). Era muy exigente en sus clases y a la hora de revisar tareas y ese tipo de cosas. Nunca tuve problema con eso ni en la escuela en general, es sólo que él pensaba que si él no podía hacer algo, nadie más podía hacerlo, ¿porqué?, por el simple hecho de que él no pudiera hacerlo.
En fin, sexto de primaria, el último año, 12 de edad, mi primera novia: Marcela. Era una niña rubia, bonita (sin ser la niña más hermosa del mundo), súper linda, agradable, nos llevábamos muy bien, y fue mi novia durante 3 años. Éramos unos niños, ¿qué íbamos a saber de nada? Recuerdo que solíamos estar horas al teléfono sin tener nada que decir, supongo que lo bonito en ese momento era el hecho de saber que tu novia está al otro lado de la línea ó, simplemente saber que estaba ahí, para ti y, tú para ella. Pero como todo en la vida, se acabó; un día, tres años después me dijo que quería terminar, yo dije que estaba bien, no dije nada, no hice nada, sólo terminamos. Creo que ambos estábamos cansados, hartos, o no sé. Después de eso no volví a saber de ella.
Antes de salir de la primaria, mi mamá conoció a un señor, Lorenzo de la Canal. Parecía que era TODO lo que ella buscaba y lo que yo esperaba.
Tras la muerte de mi abuelo…no tengo muchos recuerdos de lo que fue de mi vida o de lo que pasaba a mi alrededor. 6 años después, mi mamá se casó.

domingo, 24 de mayo de 2009

6 años

¡Hey! tengo esto muy abandonado, entre la escuela, la peda, mujeres y familia, no he tenido tiempo para escribir absolutamente nada, pero, en éstas vacaciones trataré de terminar con la historia de mi vida para poder empezar a escribir sobre vivencias y experiencias a lo largo de mi corta existencia.
Pues, como ya lo he mencionado, llegué a vivir a Morelia cuando tenía menos de un año de edad. Viví con mis abuelos y mi madre en una casa, propiedad de mi tío (jefe de mi mamá). Recuerdo que era una casa bastante amplia, bonita, yo más bien diría “coqueta”. Me gustaba mucho, yo era feliz.
Para mí, mi abuelo fue como un padre; un padre que por azares del destino sólo me duró 6 años. Murió días antes del cumpleaños de mamá (14 de marzo) de un infarto. Él era una persona muy alegre, le gustaba mucho hacerle bromas a la gente, especialmente a mi abuela y mis tías.
Hasta hace poco supe, que tenía 78 años cuando murió. Me sorprendió saberlo porque era una persona muy activa, jugaba tennis los fines de semana, trabajaba todo el día y aún así tenía energía para llegar a jugar con su nieto, quien para él era su hijo.
Viví muy feliz durante 6 años, era un niño, y no recuerdo más de la mitad de las cosas que ocurrieron durante ese tiempo, pero sé que era feliz,
Mi abuelo murió cuando yo iba a cumplir 6 años. Yo no tenía idea de que era “morir”, y cuando llegué al funeral, pude observar como la gente me veía con tristeza o compasión, otras personas llegaban y me abrazaban o abrazaban a mis tías y a mi abuela diciéndoles “…que terrible pérdida…” o algo semejante. Yo no entendía que era lo que habían perdido. Al fin, después de tantos abrazos pude llegar a donde estaba mi abuela, quien me abrazó con fuerza y me dijo lo mucho que me quería mientras trataba de contener su llanto. Yo vi a mi abuelo, acostado en una caja grande con un cristal cubriéndolo. Realmente no entendía que estaba pasando y pregunté cuando se levantaría mi abuelo de esa caja…todo lo que conseguí por respuesta fue un abrazo y que me llevaran a casa de una de mis tías. Y esperé, y esperé, y no pude obtener una respuesta por parte de nadie.
Tiempo después, comprendí que ese hombre, recostado en una caja de madera con un cristal cubriéndolo, no volvería a jugar conmigo, ni volvería a cargarme en hombros, ni me llevaría a la escuela o me ayudaría con la tarea…se había ido para siempre.